martes, 3 de febrero de 2009

Imaginario


Su verdadero nombre era Paolo di Dono; pero los florentinos lo llamaron Uccelli, es decir, Pablo Pájaros, debido a la gran cantidad de figuras de pájaros y animales pintados que llenaban su casa; porque era muy pobre para alimentar animales o para conseguir aquellos que no conocía. Hasta se dice que en Padua pintó un fresco de los cuatro elementos en el cual dio como atributo del aire, la imagen del camaleón.

Pero no había visto nunca ninguno, de modo que representó un camello panzón que tiene la trompa muy abierta. (Ahora bien; el camaleón, explica Vasari, es parecido a un pequeño lagarto seco, y el camello, en cambio, es un gran animal descoyuntado). Claro, a Uccello no le importaba nada la realidad de las cosas, sino su multiplicidad y lo infinito de las líneas; de modo que pintó campos azules y ciudades rojas y caballeros vestidos con armaduras negras en caballos de ébano que tienen llamas en la boca y lanzas dirigidas como rayos de luz hacia todos los puntos del cielo. Y acostumbraba dibujar mazocchi, que son círculos de madera cubiertos por un paño que se colocan en la cabeza, de manera que los pliegues de la tela que cuelga enmarquen todo el rostro. Uccello los pintó puntiagudos, otros cuadrados, otros con facetas con forma de pirámides y de conos, según todas las apariencias de la perspectiva, y tanto más cuanto que encontraba un mundo de combinaciones en los repliegues del mazocchio. Y el escultor Donatello le decía: "¡Ah, Paolo, desdeñas la sustancia por la sombra!".

Pero el Pájaro continuaba su obra paciente y agrupaba los círculos y dividía los ángulos, y examinaba a todas las criaturas bajo todos sus aspectos, e iba a pedir la interpretación de los problemas de Euclides a su amigo el matemático Giovanni Manetti; luego se encerraba y cubría sus pergaminos y sus tablas con puntos y curvas. Se consagró perpetuamente al estudio de la arquitectura, en lo cual se hizo ayudar por Filippo Brunelleschi; pero no lo hacía con la intención de construir. Se limitaba a observar la dirección de las líneas, desde los cimientos hasta las cornisas, y la convergencia de las rectas en sus intersecciones, y cómo las bóvedas cerraban en sus claves, y la reducción en abanico de las vigas de techo que parecía unirse en la extremidad de las largas salas. Representaba también todos los animales y sus movimientos y los gestos de los hombres con el propósito de reducirlos a líneas simples.

Después, a semejanza del alquimista que se inclinaba sobre las mezclas de metales y órganos y que escudriñaba su fusión en el hornillo en busca de oro, Uccello volcaba todas las formas en el crisol de las formas. Las reunía, las combinaba y las fundía, con el propósito de obtener su transmutación en la forma simple de la cual dependen todas las otras. Fue por esto que Paolo Uccello vivió como un alquimista en el fondo de su pequeña casa. Creyó que podría convertir todas las líneas en un solo aspecto ideal. Quiso concebir el universo creado tal como se reflejaba en el ojo de Dios, que ve surgir todas las figuras de un centro complejo. Alrededor de él vivían Ghiberti, della Robbia, Brunelleschi, Donatello, cada uno de ellos orgulloso y dueño de su arte, burlándose del pobre Uccello y de su locura por la perspectiva, apiadándose de su casa llena de arañas, vacía de provisiones. Pero Ucello estaba más orgulloso todavía. Con cada nueva combinación de líneas esperaba haber descubierto el modo de crear. La imitación no era la finalidad que se había fijado, sino el poder de desarrollar soberanamente todas las cosas, y la extraña serie de capuchas con pliegues le parecía más reveladora que las magníficas figuras de mármol del gran Donatello.

Así vivía el Pájaro y su cabeza pensativa estaba envuelta en su capa; y no se fijaba en lo que comía ni en lo que bebía y se parecía por entero a un ermitaño. Y sucedió que en un prado, junto a un círculo de viejas piedras hundidas entre la hierba, vio un día a una muchacha que reía, con la cabeza ceñida por una guirnalda. Llevaba un largo vestido delicado, sostenido en la cintura por una cinta descolorida, y sus movimientos eran elásticos como los tallos que doblaba. Su nombre era Selvaggia y le sonrió a Uccello. Él notó la inflexión de su sonrisa. Y cuando ella lo miró, vio todas las pequeñas líneas de sus pestañas y los círculos de sus pupilas y la curva de sus párpados y los entrelazamientos sutiles de sus cabellos y en su mente hizo adoptar a la guirnalda que ceñía su frente una multitud de posiciones. Pero Selvaggia no supo nada de eso, porque tenía solamente trece años. Ella tomó a Uccello de la mano y lo amó. Era la hija de un tintorero de Florencia y su madre había muerto. Otra mujer había ido a la casa y había pegado a Selvaggia. Uccello la llevó a la suya.

Selvaggia permanecía en cuclillas todo el día frente a la muralla en la cual Uccello trazaba las formas universales. Jamás comprendió por qué prefería contemplar líneas derechas y líneas arqueadas a mirar la tierna figura que se tendía hacia él. A la noche, cuando Brunelleschi o Manetti iban a estudiar con Uccello, ella se dormía, después de medianoche, al pie de las rectas entrecruzadas, en el círculo de sombra que se extendía bajo la lámpara. A la mañana, se despertaba antes que Uccello y se alegraba porque estaba rodeada por pájaros pintados y animales de color. Uccello dibujó sus labios y sus ojos y sus cabellos y sus manos y fijó todas las actitudes de su cuerpo; pero no hizo su retrato, como hacían los otros pintores que amaban a una mujer. Porque el Pájaro no conocía la alegría de limitarse a un individuo; no permanecía nunca en un mismo lugar; quería planear, en su vuelo, por encima de todos los lugares. Y las formas de las actitudes de Selvaggia fueron arrojadas al crisol de las formas, con todos los movimientos de los animales y las líneas de las plantas y de las piedras y los rayos de la luz y las ondulaciones de los vapores terrestres y de las olas del mar. Y sin acordarse de Selvaggia, Uccelle parecía permanecer eternamente inclinado sobre el crisol de las formas.

A todo esto no había nada que comer en la casa de Uccello. Selvaggia no se atrevía a decírselo a Donatello ni a los otros. Calló y murió. Uccello representó la rigidez de su cuerpo y la unión de sus pequeñas manos flacas y la línea de sus pobres ojos cerrados. No supo que estaba muerta, así como no había sabido si estaba viva. Pero arrojó sus nuevas formas entre todas aquellas que había reunido.

El Pájaro se hizo viejo y nadie comprendía más sus cuadros. No se veía en ellos sino una confusión de curvas. Ya no se reconocía ni la tierra, ni las plantas, ni los animales, ni los hombres. Hacía largos años que trabajaba en su obra suprema, que ocultaba a todos los OÍOS. Debía abarcar todas sus búsquedas y ser, en su concepción, la imagen de ellas. Era Santo Tomás incrédulo, palpando la llaga de Cristo. Uccello terminó su cuadro a los ochenta años. Llamó a Donatello y lo descubrió piadosamente ante él. Y Donatello exclamó: "¡Oh, Paolo, cubre tu cuadro!". El Pájaro interrogó al gran escultor, pero éste no quiso decir nada más. De modo que Uccello supo que había consumado el milagro. Pero Donatello no había visto sino una madeja de líneas.

Y algunos años más tarde se encontró a Paolo Uccello muerto de agotamiento en su camastro. Su rostro estaba radiante de arrugas. Sus ojos estaban fijos en el misterio revelado. Tenía en su mano, estrictamente cerrada, un pequeño redondel de pergamino lleno de entrelazamientos que iban del centro a la circunferencia y que volvían de la circunferencia al centro.


Marcel Schwob - Vidas imaginarias

miércoles, 14 de enero de 2009

domingo, 11 de enero de 2009

lunes, 5 de enero de 2009




Me gustó mucho mi rincón calentito de trabajo.

Mulier


















































Porque ya no soy tuya.

La siguiente propuesta expositiva aborda la feminidad desde un punto de vista vergonzante. Ese es el sentimiento que debería irrumpir en nuestras mentes cuando escuchamos de una forma tan reiterada locuciones como “violencia de género”, “violencia hacia mujeres” o “violencia machista”. Son denominaciones que han ingresado poco a poco, aunque sin pausa, en el mensaje contemporáneo y que nunca deben ser asimiladas e interiorizadas y así no amputarles su capacidad de impacto.

Mi obra surge para ingresar en un imaginario que el homo imago actual puede poner a su disposición. Hoy en día el mundo es imagen, las imágenes han tomado posición/posesión y pasan a formar parte de un intrincado proceso reflexivo. En este punto yo me cuestiono si es uno de los pocos mecanismos efectivos. Mi propuesta expositiva aborda, en clave satírica, la que yo considero la causa más obscena de cualquier tipo de maltrato, el poder ejercido sobre un igual que en ese momento deja de serlo.

La obra intenta hablar de esta posesión descontextualizándola de los tradicionales ámbitos físicos o psicológicos para transformarla en algo mucho más evidente. El libro o las piezas de joyería podrían ser el estado último al que aspira el maltratador; son el poder definitivo sobre la imagen que antes era vida, que estaba dotada de movimiento, que era, más bien, un holograma. Los trozos de piel o de carne deben comparecer y enfrentársenos uno a uno como si se tratase de un duelo. Son el resultado de un proceso de sinécdoque en el que el cuerpo se ha desmontado como forma explícita de denuncia.

En una búsqueda incesante de posesión del contrario el holograma se transformará en joya, se congelará en calidad de fetiche. De la misma forma la piel se materializa en tapiz cuyas páginas la actualidad va pasando en forma de cifras

74 muertas en 2007

73 muertas en 2008

2 denuncias

48 horas

47’2% extranjeras

y un largo etcétera...







domingo, 14 de diciembre de 2008

tapiz de imaginería


Tamaño: 100 x 140 cm
Soporte: papel de seda sobre obleas
Técnica: impresión a chorro de tinta de dibujos en grafito y fotografías



En origen, el cuerpo fragmentado acude a nosotros en forma de sinécdoque, cada parte es representativa de un conjunto demasiadas veces aprehendido. En este punto comenzaron mis problemas: ¿acaso la rotura podría en algún momento llegar a ser verdaderamente efectiva? ¿No es verdad que en el imaginario de esculturas clásicas que podemos haber construido en nuestra mente, la fragmentación alegórica es un requisito fundamental para sentar las bases de anatomía clásica...? Demasiados problemas y demasiados campos semánticos.

Conocer el cuerpo es abrirlo y fragmentarlo. De esta forma, el análisis de cada uno de sus componentes permite conseguir un perfeccionamiento que podrá culminar en la presentación del cuerpo al completo. Sin embargo no quiero plantearme este futuro análisis de las partes como un “medio para alcanzar una mayor gloria”.

Mi tarea consistió en eliminar por completo el conjunto del que hablamos, partir de piezas desconocidas para poder encajarlas más adelante. Era necesario descontextualizar las partes, despedazar los procedimientos y valores y saborear los fragmentos. Era necesario el canibalismo.

Se rajan los esquemas en una acción violenta que trocea un cuerpo sangrante, un fetiche, un cuerpo/objeto del deseo. El resultado del combate es sin embargo amnésico. Cada una de las partes, aséptica, entintada, es ahora susceptible de aparecer en un libro de cocina caníbal.

Los procedimientos quedan en el olvido. La moral no importa. No es una detractora real del movimiento caníbal, la forma en que lo niega es sólo apariencia impulsada por el terror de la sinécdoque.

Si he conseguido eliminar por completo estas uniones, como era mi objetivo, cada uno de los 12 platos que integran los menúes del libro de Tántalo no podrá generar otra cosa que apetito en su calidad de materia prima. Si quisiésemos darle importancia a la moral, a modo de justificación diré, que, en este recetario simplemente he decidido continuar una tarea pendiente de uno de los condenados del Tártaro. Y creo que no entraría en conflicto con los designios de los dioses del panteón griego, ya que ellos condenaron al semidiós por poner en duda su poder, no por despedazar a su hijo.

Para cada uno de los 12 platos que forman mi recetario he tomado como referencia el libro que publicó Ferran Adrià, un compendio con todos sus trabajos culinarios entre 1998 y 2002. Soy consciente de que cada uno de los míos, con imaginarias aportaciones suyas, están ideados para paladares aún inexpertos, pero tengo todas las esperanzas puestas en poder solucionar pronto esta dificultad.

Me gustaría preguntarme también el por qué de las reticencias que ya he entrevisto, del miedo a abrir en canal, a despedazar, a fragmentar y luego ofrecer en bandeja de plata, pues estos acaban siendo los requerimientos fundamentales para la redención. San Bartolomé fue despellejado vivo, San Lorenzo achicharrado en una parrilla y ambos martirios fueron la llave de su eternidad. También lo fueron para una eternidad portando la hoja de palma y ofrecernos en una bandeja, como un camarero en un restaurante, aquellos órganos de los que se desprendieron en su día.

Pero para hablar de canibalismo y cuerpo es requisito fundamental mencionar al cuerpo por excelencia y su ritual correspondiente: cristo y misa.

La tortura y el calvario de cristo son el símbolo de la mutilación y el despedazamiento. La deglución, una forma de contacto y asimilación, la posibilidad de llegar a la prolongación del conocimiento a partir de los preceptos del alimento. En definitiva, una promesa de redención.

“De verdad os aseguro que, si no coméis de la carne del hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el último día.”

San Juan 6, 53-54


¿Puede alguien resistirse a estas promesas? Si hay resistencia, ¿abatirá al creyente por hacerle reprimir algo que viene de lo divino?

De ahí surge la idea de un tapiz redentor, constituido por reliquias de un imaginario simbólico y realizado a su vez sobre las herramientas de un canibalismo también simbólico: las obleas son el cuerpo de cristo, una enajenación por medio de la represión.

Para este tapiz redentor es precisa la mutilación aparecida en forma de manos y pies amortajados. Si antes era necesario eliminarlos como resultado de la sinécdoque, ahora aparecen en escena solos, bueno, solos no, con su mortaja. Después de la descontextualización y el precocinado es posible volver al conjunto, a la asimilación. Por sus manos y pies asimilamos el cuerpo de cristo y por las obleas qué debemos hacer con él de manera simbólica...

¡A comer!



VERO - ICON