domingo, 14 de diciembre de 2008

tapiz de imaginería


Tamaño: 100 x 140 cm
Soporte: papel de seda sobre obleas
Técnica: impresión a chorro de tinta de dibujos en grafito y fotografías



En origen, el cuerpo fragmentado acude a nosotros en forma de sinécdoque, cada parte es representativa de un conjunto demasiadas veces aprehendido. En este punto comenzaron mis problemas: ¿acaso la rotura podría en algún momento llegar a ser verdaderamente efectiva? ¿No es verdad que en el imaginario de esculturas clásicas que podemos haber construido en nuestra mente, la fragmentación alegórica es un requisito fundamental para sentar las bases de anatomía clásica...? Demasiados problemas y demasiados campos semánticos.

Conocer el cuerpo es abrirlo y fragmentarlo. De esta forma, el análisis de cada uno de sus componentes permite conseguir un perfeccionamiento que podrá culminar en la presentación del cuerpo al completo. Sin embargo no quiero plantearme este futuro análisis de las partes como un “medio para alcanzar una mayor gloria”.

Mi tarea consistió en eliminar por completo el conjunto del que hablamos, partir de piezas desconocidas para poder encajarlas más adelante. Era necesario descontextualizar las partes, despedazar los procedimientos y valores y saborear los fragmentos. Era necesario el canibalismo.

Se rajan los esquemas en una acción violenta que trocea un cuerpo sangrante, un fetiche, un cuerpo/objeto del deseo. El resultado del combate es sin embargo amnésico. Cada una de las partes, aséptica, entintada, es ahora susceptible de aparecer en un libro de cocina caníbal.

Los procedimientos quedan en el olvido. La moral no importa. No es una detractora real del movimiento caníbal, la forma en que lo niega es sólo apariencia impulsada por el terror de la sinécdoque.

Si he conseguido eliminar por completo estas uniones, como era mi objetivo, cada uno de los 12 platos que integran los menúes del libro de Tántalo no podrá generar otra cosa que apetito en su calidad de materia prima. Si quisiésemos darle importancia a la moral, a modo de justificación diré, que, en este recetario simplemente he decidido continuar una tarea pendiente de uno de los condenados del Tártaro. Y creo que no entraría en conflicto con los designios de los dioses del panteón griego, ya que ellos condenaron al semidiós por poner en duda su poder, no por despedazar a su hijo.

Para cada uno de los 12 platos que forman mi recetario he tomado como referencia el libro que publicó Ferran Adrià, un compendio con todos sus trabajos culinarios entre 1998 y 2002. Soy consciente de que cada uno de los míos, con imaginarias aportaciones suyas, están ideados para paladares aún inexpertos, pero tengo todas las esperanzas puestas en poder solucionar pronto esta dificultad.

Me gustaría preguntarme también el por qué de las reticencias que ya he entrevisto, del miedo a abrir en canal, a despedazar, a fragmentar y luego ofrecer en bandeja de plata, pues estos acaban siendo los requerimientos fundamentales para la redención. San Bartolomé fue despellejado vivo, San Lorenzo achicharrado en una parrilla y ambos martirios fueron la llave de su eternidad. También lo fueron para una eternidad portando la hoja de palma y ofrecernos en una bandeja, como un camarero en un restaurante, aquellos órganos de los que se desprendieron en su día.

Pero para hablar de canibalismo y cuerpo es requisito fundamental mencionar al cuerpo por excelencia y su ritual correspondiente: cristo y misa.

La tortura y el calvario de cristo son el símbolo de la mutilación y el despedazamiento. La deglución, una forma de contacto y asimilación, la posibilidad de llegar a la prolongación del conocimiento a partir de los preceptos del alimento. En definitiva, una promesa de redención.

“De verdad os aseguro que, si no coméis de la carne del hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el último día.”

San Juan 6, 53-54


¿Puede alguien resistirse a estas promesas? Si hay resistencia, ¿abatirá al creyente por hacerle reprimir algo que viene de lo divino?

De ahí surge la idea de un tapiz redentor, constituido por reliquias de un imaginario simbólico y realizado a su vez sobre las herramientas de un canibalismo también simbólico: las obleas son el cuerpo de cristo, una enajenación por medio de la represión.

Para este tapiz redentor es precisa la mutilación aparecida en forma de manos y pies amortajados. Si antes era necesario eliminarlos como resultado de la sinécdoque, ahora aparecen en escena solos, bueno, solos no, con su mortaja. Después de la descontextualización y el precocinado es posible volver al conjunto, a la asimilación. Por sus manos y pies asimilamos el cuerpo de cristo y por las obleas qué debemos hacer con él de manera simbólica...

¡A comer!



4 comentarios:

Javi Malabarearte dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Javi Malabarearte dijo...

Algunos de los dibujos de manos y pies son realmente buenos.
Especialmente la mano del meñique que señala, y la apoyada.
Buen trabajo (aunque no es un soporte que luzca mucho, en mi opinión). Quizá habría quedado mejor tipo galleta cuétara dibujado con caramelo, pero eso es más complicado.

En todo caso, enhorabuena.

Javi Malabarearte dijo...

Y ahora me trago mis palabras, que eres finalista de Obra Joven colega!!!
XD

La flor de la pereza dijo...

XD, jarl ,no lo he visto hasta ahora!! Ambos sabemos que eso no es determinante, galleeeeetta.